El primer mechón de pelo cayó al suelo sin hacer ruido.
Alicia no gritó. No se levantó. No apartó las manos que descansaban, abiertas y temblorosas, sobre su falda color marfil. Permaneció arrodillada en el patio trasero de la vieja casa, con la mirada fija en la tierra seca mientras la hoja volvía a rozar su cuero cabelludo.
Detrás de ella, Doña Mercedes Robles, su madrastra, sostenía en una mano un puñado de rizos oscuros y en la otra una pequeña y afilada navaja de afeitar, con la precisión de alguien que había estado esperando ese momento durante mucho tiempo.
—Veamos —dijo con una calma aterradora—, ¿qué hombre desearía algo tan inútil como tú?
Alicia cerró los ojos.
Lloraba en silencio, con lágrimas constantes, profundas y persistentes, sin sollozar. No porque no le doliera, sino porque comprendía muy bien que en esa casa las lágrimas nunca habían cambiado nada.
Su cabello siempre había sido el tema de conversación principal sobre ella. Oscuro, abundante, con suaves ondas que le llegaban hasta la mitad de la espalda. Las cocineras se lo cepillaban cuando era niña; las mujeres del pueblo lo admiraban durante la misa; dos hombres respetables lo habían observado una vez con la seriedad con la que un hombre se fija en una mujer con la que podría compartir su vida.
Y esa era precisamente la razón por la que Doña Mercedes lo estaba destruyendo.
En el México de aquella época —un México de haciendas, apellidos imponentes y matrimonios concertados casi como contratos— la belleza de una mujer joven no era un lujo.
Era una puerta.
Una posibilidad.
Un paso hacia una vida menos dependiente de la caridad ajena.
Alicia lo sabía.
Su madrastra también lo sabía.
Más allá del muro de piedra, junto al huerto, un jinete había detenido su caballo. No tenía previsto pasar por allí. Simplemente había tomado un atajo entre los álamos por impulso. Desde la silla de montar, observaba la escena con rostro impasible y mirada fija.
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