—Recuerdo… —comenzó Rosa lentamente, con la voz temblorosa—. Era de noche. Todo ardía. Alguien me tomó en brazos y entonces sentí frío. Llovía. Luego… solo oscuridad. Cuando desperté, estaba acostada en una pequeña cama en un orfanato de Bucarest.
Elena cerró los ojos. El corazón le latía con fuerza. Las palabras de la mujer la desgarraban, porque cada detalle coincidía con la noche que la había atormentado en sus pesadillas durante décadas.
—¿Te contaron algo sobre tu familia? —preguntó, intentando mantener la calma.
—No, señora. Solo me dijeron que me encontraron cerca de una casa incendiada. Ya no había nadie allí. Creían que mis padres habían muerto.
Elena comenzó a llorar en silencio. Cada lágrima caía como un testimonio del dolor que había cargado en su interior durante demasiado tiempo.
—¿Tenías... tenías una pequeña cicatriz en el brazo, como una estrella? —preguntó con voz apenas audible.
Rosa levantó la vista sorprendida. Se bajó la blusa de un hombro, dejando al descubierto una pequeña cicatriz.
Elena se tapó la boca con la mano y rompió a llorar. Ya no había duda.
Rosa se quedó inmóvil, sin comprender.
—¿Qué está pasando, señora? —preguntó, aterrorizada.
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