Nunca antes un joven le había hablado con tanta cortesía y mucho menos uno tan apuesto. Pues balbuceó acomodándose la cinta del cabello. Creo que las gardenias son muy hermosas. Huelen como el cielo. Miguel sonrió aún más amplio. Como el cielo repitió como si fuera la frase más poética que hubiera escuchado. Entonces serán gardenias.
compró el ramo más grande de gardenias blancas que tenía la vendedora y con una reverencia digna de un caballero se las ofreció a Teresa. Para usted, señorita, que huele como el cielo. Teresa sintió que el corazón le galopaba como caballo desbocado. Jamás había recibido flores de un hombre y mucho menos de alguien que la miraba como si fuera la cosa más bella del mundo.
No puedo aceptarlas”, susurró, aunque cada fibra de su ser deseaba tomarlas. “Mi papá, su papá no tiene por qué enterarse”, dijo Miguel suavemente. “Solo son flores de un admirador que espera conocer su nombre.” “Teresa.” Teresa Morales, respondió ella, tomando finalmente las gardenias.
Y usted, Miguel Ángel Hernández, a sus órdenes, hizo otra reverencia y desde este momento el hombre más afortunado de Guadalajara. Los meses siguientes fueron como un sueño dorado. Miguel trabajaba en la hacienda de la familia Vázquez, donde criaban ganado y cultivaban maíz. Cada tarde después del trabajo se bañaba en el río, se peinaba cuidadosamente y caminaba los 5 km hasta el pueblo para ver a Teresa, aunque fuera solo por unos minutos.
Se encontraban en secreto en la fuente de la plaza, bajo la sombra del gran ahuegüete que había visto pasar generaciones de enamorados. Teresa le llevaba tortillas hechas por ella misma y Miguel le contaba historias de su infancia, de sus sueños, de tener su propia tierra, de construir una casa donde pudieran ser felices para siempre. Cuando me case contigo”, le dijo una tarde de octubre, mientras las hojas secas caían como confeti dorado a su alrededor. “Te voy a construir la casa más bonita de todo Jalisco.
Tendrá un jardín lleno de gardenias y todas las mañanas despertarás con su perfume.” Teresa reía sintiéndose la mujer más amada del mundo. En esos momentos el futuro brillaba como las estrellas que comenzaban a aparecer en el cielo violeta del atardecer. Pero había un problema, un problema grande, imponente y terrible, como una tormenta en el horizonte. Don Aurelio Morales.
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