Así nació una idea tan dolorosa como clara: ponerse a prueba. No para hacer daño, sino para salir de la duda. En solo 72 horas querían descubrir si, detrás de los éxitos y las agendas llenas, quedaba espacio para la compasión… incluso cuando nadie reconocía sus rostros
Para hacerlo, se inventaron una historia sencilla, porque las historias simples se sostienen mejor. Cambiaron su apellido por “Morin”, se presentaron como antiguos trabajadores de fábrica y hablaron de una casa perdida por gastos médicos tras una operación de corazón. Nada de detalles elaborados: quien está al límite raras veces tiene fuerzas para explicar de más.
Objetivo: comprobar quién abriría la puerta a dos desconocidos necesitados.
Condición: no pedir dinero, solo un gesto mínimo de ayuda.
Tiempo: recorrer a la familia en pocos días, uno por uno.
Regla personal: registrar cada encuentro para no maquillarlo después.
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