Cinco Años de Lealtad
Durante cinco años, le di a esa oficina todo lo que me pedían.
Madrugando. Trasnochando. Solucionando problemas que nadie más quería abordar. Resolviendo problemas discretamente para que el departamento siguiera funcionando a la perfección.
No era la persona más ruidosa de la sala, pero sí confiable. El tipo de empleado del que dependen los gerentes cuando algo sale mal.
Así que, cuando mi gerente me llamó a su oficina un viernes por la tarde y me dijo que mi puesto estaba siendo "reestructurado", entendí el mensaje de inmediato.
Su hija acababa de graduarse.
Y necesitaba un trabajo.
Una Decisión Ya Tomada
La conversación fue corta y extrañamente educada.
El lenguaje corporativo llenó la sala: frases como "cambios organizacionales" y "período de transición".
Pero el significado era obvio.
Mi escritorio estaba a punto de convertirse en el suyo.
Asentí, manteniendo la voz tranquila y profesional, aunque se me encogió el estómago al darme cuenta de que la decisión ya estaba tomada mucho antes de que comenzara la reunión.
Entonces, justo cuando me levantaba para irme, mi jefe tomó una pila de carpetas de su escritorio.
La petición inesperada
"Antes de que te vayas", dijo, deslizándome las carpetas, "¿podrías terminar estos informes para el próximo viernes? Me ayudaría mucho con la transición".
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