– Cambios persistentes en los hábitos intestinales: estreñimiento, diarrea frecuente o alternancia de ambos durante varias semanas.
– Heces más delgadas de lo habitual o cambios en su forma.
– Presencia de sangre al evacuar, incluso en pequeñas cantidades.
– Molestias abdominales persistentes: sensación de presión, gases continuos o dolor que no desaparece con el tiempo.
– Sensación de evacuación incompleta, incluso después de ir al baño.
– Cansancio o debilidad sin causa aparente, que puede estar relacionado con la pérdida de sangre.
– Pérdida de peso no explicada a pesar de mantener la misma alimentación.
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