A treinta y cuatro mil pies, el miedo no llega gritando
Llega silenciosamente.
Comienza como una ausencia: un extraño espacio entre el zumbido constante de los motores. Una quietud que no pertenece. La señal del cinturón de seguridad se enciende, no con urgencia, no con alarma, solo lo suficiente para apartar la mirada de las pantallas brillantes
Entonces alguien inhala con fuerza.
Fila dieciocho. Asiento de pasillo.
Un hombre con traje gris oscuro se ha desplomado hacia delante, con la cabeza apoyada torpemente en la bandeja. El café se derrama de la taza, deslizándose hacia el borde como si buscara una salida.
“¿Señor?” pregunta la mujer a su lado, dándole un codazo en el brazo.
Nada.
Ahí es cuando el susurro se convierte en pavor.
Una azafata, Emily, con su placa de identificación ligeramente torcida, corre por el pasillo. Se arrodilla, le revisa el cuello y luego la muñeca. Su entrenamiento toma el control, pero su rostro la delata
El pulso está ahí…
Pero está mal.
Desigual.
Desvaneciéndose.
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