Vio cómo se apretaba la soga. Vio caer su cuerpo, sacudirse una vez y luego rendirse a la quietud. No gritó. No cayó. No imploró misericordia a Dios ni maldijo a los hombres que ataron el nudo.
Se quedó allí, inmóvil, como si la tristeza la hubiera petrificado.
El sol se elevó lentamente tras ella, ascendiendo hacia un cielo que ya no le pertenecía. En ese instante, el mundo se lo arrebató todo: su futuro, su nombre, su risa, su mañana, y le dejó solo su aliento.
Siete días bajo la horca
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