Escena 4: De vuelta al salón de baile
Natalie salió del baño y regresó como si solo hubiera ido a retocarse el maquillaje.
Mantuvo la cara sedosa, aunque le temblaban las manos.
Las luces del salón iluminaban la habitación de una forma casi irreal.
Todo parecía festivo.
Demasiado festivo.
En la mesa principal, Grant se sentó como si el evento le perteneciera.
Sonreía a alguien, relajado, consolando a la multitud.
Dos copas envueltas en cintas esperaban frente a ellos para el brindis principal, reflejando la luz como pequeñas promesas.
Natalie se deslizó en su asiento.
Grant se inclinó y le puso la mano en la rodilla por debajo de la mesa; firme, reclamando, no con delicadeza.
Se le encogió el estómago.
—¿Dónde has estado? —preguntó en voz baja—. El brindis principal está a punto de empezar.
Natalie mantuvo una expresión neutral.
—Tuve que arreglarme el vestido —respondió, con cuidado de cada sílaba.
Grant sonrió, pero la sonrisa se detuvo en su boca y nunca llegó a sus ojos.
"Bueno, ya has vuelto", dijo. "Compórtate. Concéntrate".
No era cariño.
Era una orden.
Escena 5: Un pequeño movimiento
El maestro de ceremonias levantó su copa y animó a la sala; las sillas se movieron, la gente se giró, los teléfonos se acercaron para tomar fotos.
Las copas se alzaron por todas partes como aplausos sincronizados.
Grant apartó la mirada un segundo para responder a alguien en la mesa.
Solo un segundo.
Natalie lo entendió como su única ventana.
Con un movimiento controlado, casi invisible, deslizó los dos vasos y los intercambió de posición.
No se quedó mirando.
No dudó.
Cuando se quedó quieta de nuevo, su corazón latía tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo a través del mantel.
No pidió ayuda a nadie.
No armó un escándalo.
Simplemente tomó una decisión: no bebería del vaso que le habían destinado.
Escena 6: El brindis que se convirtió en una prueba
El brindis continuó, alegre y sonoro, como si nada pudiera salir mal en una habitación como esta.
Natalie mantuvo la compostura mientras su mente se mantenía alerta.
Lo que debería haber sido una celebración se había convertido en una prueba silenciosa: observar, recordar, confirmar si la advertencia de Martin era real o un terrible error.
Escuchó risas como si vinieran de otro planeta.
Observó a Grant como se observa una cerradura después de oír el clic.
En ese momento, una verdad se asentó con absoluta claridad: si alguien podía traicionar su confianza en un día como este, tenía que protegerse, silenciosamente, con inteligencia, sin permiso.
La música podía seguir sonando.
La sala podía seguir sonriendo.
Pero su seguridad importaba más que las apariencias.
Y más allá del velo, las luces, el romance preestablecido, solo una cosa contaba ahora: el derecho de Natalie a elegir lo que sucediera después.
No el de la multitud.
Ni el de su padre.
Ni el de Grant.
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