¿Qué pasaría si, de camino al trabajo, te toparas con un secreto capaz de cambiar el curso de tu vida? Eso le ocurrió a Maxime, un padre viudo que caminaba por el bosque detrás de su barrio, como cada mañana. Ese día, entre el silencio de los árboles y la niebla matutina, un sonido inesperado lo detuvo en seco... y lo acercó a su pasado mucho más de lo que jamás hubiera imaginado.
Una mañana normal que, después de todo, no era tan normal.
Maxime tiene 36 años y cría solo a su pequeño Léo . Léo, un niño de un año y medio, convierte la sala de estar en un parque de aventuras. Un año antes, perdió a su esposa, Léna , en un trágico accidente de coche. Desde entonces, ha intentado, como puede, sobrevivir entre su trabajo de fontanero, las noches cortas y una casa que a veces parece demasiado silenciosa.
Esa mañana, dejó a Leo en casa de su hermana antes de salir a trabajar. Como siempre, eligió el pequeño sendero a través del bosque, la forma más rápida de llegar a su cliente. La misma bolsa de herramientas, la misma rutina, el mismo paisaje... hasta que un ruido inesperado lo puso todo patas arriba.
Un bebé en apuros en medio del bosque.
Al principio, Maxime cree estar soñando. Un sonido débil, apenas perceptible, se mezcla con el crujido de las hojas. Entonces comprende: es un bebé llorando. El sendero está desierto; no hay cochecito, ni voz, ni figura a la vista. Con el corazón apesadumbrado, abandona el sendero y desaparece entre los arbustos.
Bajo unas ramas, por fin vio un portabebés escondido, como si lo hubieran ocultado a toda prisa. Dentro, una niñita, envuelta en una manta rosa demasiado ligera para el frío de la mañana. Tenía las manos frías, los labios ligeramente azules y el rostro surcado por las lágrimas.
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