Me llamo Emily Carter. El día que enterré a mis bebés gemelos fue el día en que algo dentro de mí finalmente se hizo añicos.
Dos pequeños ataúdes blancos descansaban al frente de la capilla: Lily y Noah. Se habían quedado dormidos y no despertaron. Los médicos lo llamaron muerte infantil inexplicable. La frase se repetía en mi mente como algo irreal.
Me quedé allí, entumecida, aferrada a una rosa marchita, cuando mi suegra, Margaret Wilson, se acercó. Su perfume era intenso y su voz aguda.
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