—No es mucho —dijo Yusha. Su voz fue una revelación: baja, melódica y sin los acentos ásperos que ella esperaba de los hombres—. Pero el techo aguanta, y las paredes no te responden. Aquí estarás a salvo, Zainab.
El sonido de su nombre, pronunciado con una gravedad tan silenciosa, la impactó más fuerte que cualquier golpe. Se desplomó sobre una fina estera, con los sentidos hipersensibles al espacio. Lo oyó moverse: el tintineo de una taza de hojalata, el crujido de la hierba seca, el encendido de una cerilla.
Esa noche, no la tocó. Le echó una manta pesada con aroma a lana sobre los hombros y se retiró al umbral.
“¿Por qué?” susurró en la oscuridad.
“¿Por qué qué?”
¿Por qué me llevan? No tienen nada. Ahora no tienen nada, además de una mujer que ni siquiera puede ver el pan que come.
Lo oyó moverse contra el marco de la puerta. «Quizás», dijo en voz baja, «no tener nada es más fácil cuando tienes a alguien con quien compartir el silencio».
Las semanas siguientes fueron un lento despertar. En casa de su padre, Zainab había vivido en un estado de privación sensorial, con la obligación de estar quieta, en silencio, de ser invisible. Yusha hizo lo contrario. Se convirtió en sus ojos, pero no mediante una simple descripción. Pintó el mundo en su mente con la precisión de un maestro.
«El sol hoy no es solo amarillo, Zainab», decía mientras estaban sentados junto al río. «Es del color de un melocotón justo antes de magullarse. Es pesado. Es la sensación de una moneda caliente en la palma de la mano».
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