Alejandra destrozada.
La máscara cayó, revelando un abismo de celos y locura.
—¡Porque siempre estorbaba! —gritó—. ¡Solo vivías para él! ¡Era un fantasma en mi propia casa! ¡Solo quería que se fuera para que me quisieras!
La confesión golpeó a Gaspar como un martillo.
—¿Tú... tú hiciste esto? —preguntó, con náuseas. —¿Lo empujaste?
—¡Lo llevé al puente viejo! —sollozó histéricamente—. ¡Le dije que veríamos peces! ¡Lo empujé! ¡Pensé que se lo había llevado el río! ¡Debería estar muerto! ¿Por qué no te moriste?
Con un movimiento repentino, Alejandra sacó una pistola pequeña de su bolso. La locura se había apoderado de ella. Apuntó a la niña.
“¡Si no desapareciste entonces, lo harás ahora!”
—¡No! —gritó Gaspar, lanzándose hacia adelante.
Pero Bernardo se movió primero.
En un arranque de coraje instintivo, saltó de su escondite y se estrelló contra las piernas de Alejandra justo cuando ella apretaba el gatillo.
El disparo resonó en la estéril habitación del hospital. La bala impactó en el techo, haciendo llover polvo de yeso. Alejandra perdió el equilibrio y cayó. El arma resbaló por el suelo, fuera de su alcance.
Gaspar la inmovilizó, gritando a los guardias de seguridad. Ella pataleó y gritó incoherentemente mientras los guardias y la policía inundaban la habitación.
Mientras se llevaban a Alejandra esposada, Gaspar corrió hacia Bernardo.
El niño estaba sentado temblando pero ileso.
—¿Estás bien? ¿Te hizo daño? —preguntó Gaspar, mirándolo frenéticamente.
Bernardo levantó la vista. Sus ojos, aún asustados, ahora estaban claros.
—Lo recuerdo, papá —dijo, abrazándolo—. Recuerdo que me empujó. Pero tú me encontraste. Me salvaste.
Gaspar lo levantó, sintiendo el bendito peso de su hijo vivo.
—No, hijo. Tú me salvaste.
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