“¿Eres tú el hombre que estaba llorando?” preguntó el niño, con la voz ronca por la falta de uso.
—Soy tu papá, Bernardo —dijo Gaspar, con lágrimas en los ojos—. ¿No te acuerdas de mí?
El niño frunció el ceño, intentando atrapar un recuerdo que se le escapaba entre los dedos.
—No sé mi nombre —murmuró—. Me desperté en el río. Me dolía mucho la cabeza. No recuerdo nada antes de eso... solo una canción. Una nana sobre un barco.
Gaspar empezó a tararear, con la voz entrecortada, la melodía que cantaba todas las noches. El chico abrió mucho los ojos. Una chispa de reconocimiento iluminó su rostro sucio.
“Papá…” susurró, saboreando la palabra como un caramelo olvidado.
Gaspar se desmoronó, envolviéndolo en un abrazo desesperado. El niño se tensó y luego se derritió contra su pecho, sollozando. Olía a calle y soledad, pero debajo se percibía el inconfundible aroma de su hijo.
—Nos vamos a casa —dijo Gaspar—. Nos vamos a casa.
Pero primero, necesitaba pruebas, no para sí mismo, sino para el mundo. Llevó a Bernardo a un hospital privado para una prueba de ADN de emergencia y un chequeo completo. Mientras esperaban en una habitación privada, el chico —limpio ya, con ropa limpia que Gaspar se había apresurado a comprar— devoró un sándwich.
Entonces la puerta se abrió de golpe.
Alejandra entró furiosa, pálida y sin aliento, seguida por el médico confundido.
—¡Gaspar! —gritó—. ¿Qué haces aquí? Me desperté y no estabas. Rastreé tu teléfono. ¿Qué es esta locura?
Entonces vio al niño.
El sándwich se le cayó de las manos a Bernardo. Su rostro palideció y empezó a temblar violentamente. Se escondió detrás de Gaspar, aferrándose a su camisa con dolorosa fuerza.
—¡Es ella! —gritó el niño—. ¡Papá, es ella! ¡La mala!
La habitación se volvió gélida. Gaspar se levantó lentamente, colocándose entre su esposa y su hijo. La expresión de Alejandra pasó de la conmoción al pánico absoluto.
—¿De qué habla? —balbuceó, retrocediendo hacia la puerta—. Gaspar, ese niño está confundido. Está enfermo. ¡Deberíamos irnos!
Gaspar dio un paso adelante. Su voz era baja, vibrando con furia contenida.
No recuerda mucho, Alejandra. Pero sí te recuerda a ti. Y recuerda el miedo. El médico me acaba de dar los resultados preliminares. Es mi hijo. Es Bernardo. Ahora mírame a los ojos y dime por qué mi hijo tiembla de terror al verte.
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