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El hombre fue al cementerio a visitar a su hijo fallecido, pero se sorprendió al verlo colocando flores en su propia tumba…

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—Descansa, por favor —susurró—. Mañana podemos ir juntos si quieres. Pero necesitas dormir.

Esa noche, Gaspar fingió dormir. Escuchó la respiración regular de Alejandra, pero su mente era un torbellino. No era locura. Sabía la diferencia entre el anhelo y la realidad. El niño tenía tierra bajo las uñas, el pelo sucio y un miedo propio de los vivos.
Si era Bernardo, ¿por qué huyó? ¿Por qué no lo recordaba?
Y lo más inquietante: si estaba vivo, ¿qué había pasado realmente aquel día en el puente?

Antes del amanecer, Gaspar salió sigilosamente. No despertó a Alejandra. Esta búsqueda tenía que ser solo suya. Se vistió, tomó una foto de Bernardo y se adentró en el amanecer azul negruzco. Una descarga eléctrica le recorrió la espalda: una advertencia primaria. Algo oscuro se había tejido en torno a la desaparición de su hijo, y estaba decidido a desentrañarlo hilo a hilo, aunque destruyera la poca paz que le quedaba.

Arrancó el coche y miró hacia la ventana del dormitorio donde dormía su esposa. Una terrible duda se arraigaba en su pecho, una sospecha que aún no se atrevía a expresar con palabras. Condujo hacia los barrios bajos, hacia donde había desaparecido el niño, con una certeza: hoy no volvería a casa sin la verdad, ni sin su hijo.

El vecindario despertó lentamente, cauteloso. Gaspar caminaba por callejones llenos de basura y paredes cubiertas de grafitis, mostrando la foto de Bernardo a quienquiera que se cruzara. Vendedores ambulantes, ancianos sentados en portales; todos negaban con la cabeza o lo ignoraban. La desesperación lo atormentaba hasta que, cerca del mediodía, un chico que limpiaba parabrisas en un semáforo se quedó mirando la foto.

“Le llaman El Fantasma”, dijo el niño, señalando un edificio abandonado a unas cuadras de distancia. “No habla con nadie. Duerme allí, junto a la entrada del sótano. Dicen que perdió la memoria tras golpearse la cabeza”.

El suelo pareció estabilizarse bajo los pies de Gaspar. Le dio al chico todo el dinero de su billetera y echó a correr.

El edificio era una ruina de hormigón, pero en un rincón, sobre un cartón viejo, allí estaba él.
El niño estaba acurrucado, abrazándose las rodillas. Al oír pasos, se tensó, listo para huir.

—Por favor, no corras —suplicó Gaspar, arrodillándose en el suelo para estar a su altura—. No te haré daño. Solo quiero verte.

El niño lo miró. A la luz del día, cada detalle era claro: la pequeña cicatriz en su ceja izquierda de un partido de fútbol, ​​el lunar en su cuello.

Era él.

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