Victoria soltó una risa seca.
—Yo no te pago para que “intentes”. Te pago para que lo soluciones. Mi esposo tiene una junta importante en cuatro horas. Haz que se calle.
Y se dio la vuelta, dejando un rastro de perfume y exigencia.
Maya entró al cuarto del bebé con el estómago encogido. Santi, tres semanas de nacido, se retorcía en su cuna dorada, la carita morada del esfuerzo, el cuerpecito desnudo golpeando las sábanas blancas como si quisiera escapar de ellas. El monitor inteligente parpadeaba números perfectos. La temperatura estaba ideal. Todo se veía… impecable.
Entonces Maya vio algo que no había visto antes.
Marquitas rojas en la espalda. Pequeñas ronchas, como picaduras.
—Shh… aquí estoy, mi amor —susurró, levantándolo con una delicadeza que parecía rezar—. Aquí estoy.
Pero Santi no se calmó. Al contrario: se aferró con sus deditos a la tela del uniforme y lloró más fuerte, como si el contacto le recordara que seguía vivo.
Maya había sido niñera antes. Sabía distinguir los llantos. Hambre, sueño, gas, miedo. Ese no era ninguno.
Ese era agonía.
Recordó cómo, dos semanas atrás, Victoria y Ricardo Valdivia habían presentado al bebé como se presenta un trofeo: fotos perfectas, globos, mensajes de “bendición”. Tres niñeras habían renunciado en pocos días, diciendo que el bebé era imposible, que era “cólico”. El pediatra de la familia pasó dos veces, miró por encima, se encogió de hombros.
—Algunos bebés lloran más —había dicho—. Ya se le pasará.
A Maya le habían añadido “cuidado del bebé” a sus labores con un aumento mínimo que ella aceptó porque su mamá, allá en Pinotepa Nacional, necesitaba dinero para medicinas.
Pero esa noche, el cuerpo de Maya dijo “basta”.
Acomodó a Santi en el cambiador y lo examinó con cuidado. Las ronchas se veían más marcadas. No eran raspones. Eran picaduras.
Volvió a la cuna. Presionó el colchón con la mano.
Sintió humedad.
Un hundimiento leve que no debía estar ahí.
Maya miró hacia la puerta. El pasillo estaba silencioso. Victoria ya se había ido al cuarto principal. Ricardo dormía o fingía dormir, en esa zona de la casa donde el llanto de un bebé se escuchaba como algo lejano, como un problema de alguien más.
Maya levantó una esquina de la sábana ajustable.
Al principio creyó que eran sombras. Luego sus ojos se adaptaron… y la verdad la golpeó como una cachetada helada.
El colchón estaba vivo.
Miles de larvas blancas se retorcían sobre una superficie ennegrecida, hundiéndose en partes podridas, moviéndose como una ola asquerosa. Había moho, manchas oscuras, restos de insectos muertos… y un olor agrio que la casa había escondido con aromatizadores caros.
Maya se llevó la mano a la boca. Sintió ganas de vomitar.
—Dios mío…
Miró al bebé, todavía llorando con la garganta rota, la espalda marcada.
No era cólico.
Era tortura.
Sin pensarlo, Maya sacó el celular del bolsillo del delantal y tomó fotos. Del colchón. De las larvas. De las ronchas en la espalda de Santi. Fotos claras. Innegables.
Luego levantó al bebé y lo apretó contra su pecho como si lo pudiera blindar con su cuerpo.
—No más —susurró, con lágrimas calientes—. Ya no más, mi vida.
Se giró hacia la puerta… y se congeló.
Victoria estaba ahí, parada en el marco, pálida bajo la luz tenue. Y en su expresión Maya entendió algo que le heló la sangre más que las larvas.
Victoria ya lo sabía.
—Baja a mi hijo —ordenó Victoria, con una voz de hielo.
Maya apretó más al bebé.
—Señora, el colchón… está lleno de larvas. Está podrido. Él ha estado—
—Dije que lo bajes.
—¡Está lleno de picaduras! —la voz de Maya se quebró, no por miedo, por coraje—. ¿Cómo pudo no darse cuenta?
Victoria caminó hacia la cuna con pasos controlados, como quien va a tapar una mancha antes de que la vean.
—Eso es un colchón orgánico. Hipoalergénico. Costó—
Maya se movió apenas y señaló con el mentón la esquina expuesta, donde las larvas seguían danzando.
—Mírelo. Mire en lo que ha estado durmiendo su hijo.
Por un segundo la máscara de Victoria se rompió. Algo pasó por sus ojos: culpa, asco, vergüenza.
Pero fue un segundo.v
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