Los gritos del bebé rebotaban en los pasillos de mármol como si la casa misma estuviera llorando.
Eran las tres de la mañana en la mansión Valdivia, en Lomas de Chapultepec, y el llanto no sonaba a berrinche ni a hambre. Sonaba... un dolor. Un llanto crudo, desesperado, como si algo invisible le estuviera mordiendo la vida.
Maya Salgado apoyó la palma en la puerta del cuarto del bebé. Su uniforme negro seguía impecable a pesar de la hora, el delantal blanco amarrado con un nudo perfecto. Tenía veintinueve años y seis meses trabajando ahí como empleada de planta. En ese tiempo había visto de todo: vajillas de miles de pesos, discusiones silenciosas con sonrisas de gala, visitas que olían a perfume caro y mentira. Pero nunca había escuchado un llanto así.
-¡Maya! —la voz de Victoria Valdivia cortó el pasillo.
La señora apareció envuelta en una bata de seda, el rostro tenso de cansancio… y de algo más. Miedo, quizás. Ay furia.
—¿Por qué sigue llorando? —dijo sin siquiera mirar hacia la cuna—. Se supone que tú lo manejas.
—Señora… intentó de todo —respondió Maya con cuidado.
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