Para comprender la magnitud de las atrocidades cometidas en la finca Thorne, primero hay que entender la enigmática figura de Josiah Thorne. Era un hombre que prácticamente vivía como un fantasma, atormentado por su propia existencia. Thorne era un miembro destacado de la nobleza local, pero décadas atrás se había excluido voluntariamente de la alta sociedad. A diferencia de los típicos magnates del algodón de Montgomery, Alabama, cuya riqueza estaba ligada a la tierra y a los laboriosos ciclos de cosecha, Thorne había heredado su inmensa fortuna de una empresa textil muy rentable con sede en Charleston. Se trataba de capital líquido y consolidado, el tipo de riqueza que le otorgaba absoluta independencia financiera sin las cargas diarias ni la visibilidad que conlleva la gestión de una gran plantación agrícola.
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