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A los 60 años, me volví a casar con mi primer amor: en nuestra noche de bodas, mientras le quitaba la ropa a mi esposa, de repente retrocedí conmocionado y sentí una oleada de tristeza al verla…

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Si quieres saber qué pasó en esa inesperada noche de bodas… Lee la historia en el primer capítulo. Comentario.

Manuel entró en la habitación y cerró la puerta con cuidado tras de sí.

Durante unos segundos, ambos guardaron silencio.

Una lámpara amarilla sobre una mesita iluminaba la habitación con un brillo cálido. Afuera, la brisa nocturna mecía suavemente las cortinas blancas. A lo lejos, oí el sonido de un coche que circulaba por la tranquila calle.

Seguía sentada al borde de la cama, con las manos entrelazadas en el regazo, y sentía que el corazón me latía con fuerza.

Era extraño.

Sesenta… y sin embargo me sentía como si tuviera veinte, nerviosa, desorientada, sin saber dónde poner las manos.

Manuel se acercó lentamente.

Sus pasos eran tranquilos, pero su rostro reflejaba una mezcla de timidez y emoción.

—¿Estás nerviosa? —preguntó con una leve sonrisa.

Reí suavemente.

—Un poco… ¿y tú?

Se rascó la cabeza, como hacía de joven.

—Mucho.

Ambos reímos.

La risa rompió la tensión del momento.

Manuel se sentó a mi lado en la cama. Sentí el calor de su cuerpo junto al mío. Por un instante, ninguno de los dos dijo palabra. Permanecimos de pie, uno al lado del otro, compartiendo el silencio.

Entonces, con una ternura casi temblorosa, levantó la mano y me acarició suavemente el rostro.

«No tienes idea de cuánto tiempo he estado esperando este momento», susurró.

Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.

Treinta, cuarenta años… y aun así, este hombre seguía mirándome como si yo fuera lo más importante de su vida.

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